Casi medianoche, en las afueras de la ciudad. Wren Larkin, repartidora con una valoración de 4,98, una moto sin batería y una carrera de folclore a medio terminar, lleva un tiramisú a la vieja Mansión Hollowmere. Deberían ser dos minutos. A su espalda, la puerta se cierra con llave, el móvil se le apaga y un mayordomo no muerto la sienta a la mesa de una cena que dura desde 1899. Una comedia de terror actual donde el cliente siempre tiene la razón… y nunca está vivo.

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